El año pasado la revista Time y otras
publicaciones importantes por todo el mundo coincidieron en nombrar al manifestante
como personaje del 2011. En un año en el que surgieron movimientos como los
indignados, Occupy Washington, la primavera árabe y otros afines en Chile,
Grecia y alguna otra nación que se me escapa es natural que la protesta pública
vuelva a ocupar el centro de las preocupaciones de politólogos y analistas y
que vuelva a la palestra el tema de la crisis de representatividad de las democracias
contemporáneas. La democracia moderna tiene lo que, a mi juicio es un
irresoluble problema de representatividad. En la doctrina de Rousseau, el
pueblo no puede ser representado por el Poder Legislativo. La voluntad general
no puede ser representada por la misma razón que no puede ser enajenada por lo
que en la preparación de la ley debe regir el mandato imperativo. Por ende,
procede la ratificación popular de la acción legislativa. Toda ley no
ratificada por el pueblo será entonces nula. Este es el sustento de su crítica
al sistema inglés: los ingleses creen que son libres, pero únicamente lo son al
elegir al Parlamento, para enseguida volver a esclavizarse.
Por supuesto que no han faltado críticos a éste. Para Hans Kelsen el Parlamento es democrático en tanto que respete la voluntad de los electores, por ende, no debe existir mandato imperativo. De acuerdo con él, el Parlamento es el representante de todo el pueblo, pero todo el pueblo es mudo. En otras palabras, la representación es una ficción política, necesaria ante la imposibilidad de practicar la democracia directa.
Con estos elementos es posible plantear otra pregunta relevante, a saber, ¿si los legisladores son representantes de todo el pueblo o sólo de parte de él? Si se responde que de todo el pueblo, se adopta la posición democrático liberal y se respeta el papel de intermediario de los partidos políticos. Pero la otra respuesta posible es la que vale la pena explorar.
Si los legisladores representan únicamente a la parte del pueblo que los eligió, deben responder a sus intereses, aspiraciones y formas de vida. Sin embargo, esto presenta graves problemas operativos cuando se trata de llevar, en un país enormemente plural como el nuestro, esta diversidad al Parlamento. ¿Por qué? Porque el sistema electoral de mayoría deja sin representación a las minorías.
Aunque la dificultad mayor se plantea cuando se tiene a una población con determinada característica diferenciadora dispersa en todo el territorio, misma que sumada podría alcanzar una representación importante, como es el caso de los indígenas en México.
Naturalmente, se debe velar por el interés de estas comunidades dispersas. Y en ausencia del mandato imperativo, la responsabilidad recae en el Congreso y en cada uno de los representantes. Pero, ¿qué garantiza que al no compartir la misma visión del mundo que los indígenas, éstos tomen las mejores decisiones sobre sus problemas? Nada. Por ello algunos han planteado la idea de representantes indígenas, pero ello sólo tiene sentido si el distrito es mayoritariamente indígena; ya que de lo contrario difícilmente los ciudadanos de dicho distrito lo elegirían.
Esto sólo por hablar de la crisis en los órganos legislativos. Los problemas de representatividad de los partidos políticos, organismos cada vez más criticados y cuya naturaleza es cada vez más decadente, son muchísimo mayores- Como se ve, el problema de la representación no es tan fácil de resolver como algunos pretenden, los debates en esta materia pueden ser interminables y las respuestas mucho muy esquivas, pues si bien los organismos tradicionales de representación han perdido legitimidad y eficacia nada ha surgido aun que pueda desafiar su preeminencia y nada puede vislumbrarse claramente en el horizonte.
Por supuesto que no han faltado críticos a éste. Para Hans Kelsen el Parlamento es democrático en tanto que respete la voluntad de los electores, por ende, no debe existir mandato imperativo. De acuerdo con él, el Parlamento es el representante de todo el pueblo, pero todo el pueblo es mudo. En otras palabras, la representación es una ficción política, necesaria ante la imposibilidad de practicar la democracia directa.
Con estos elementos es posible plantear otra pregunta relevante, a saber, ¿si los legisladores son representantes de todo el pueblo o sólo de parte de él? Si se responde que de todo el pueblo, se adopta la posición democrático liberal y se respeta el papel de intermediario de los partidos políticos. Pero la otra respuesta posible es la que vale la pena explorar.
Si los legisladores representan únicamente a la parte del pueblo que los eligió, deben responder a sus intereses, aspiraciones y formas de vida. Sin embargo, esto presenta graves problemas operativos cuando se trata de llevar, en un país enormemente plural como el nuestro, esta diversidad al Parlamento. ¿Por qué? Porque el sistema electoral de mayoría deja sin representación a las minorías.
Aunque la dificultad mayor se plantea cuando se tiene a una población con determinada característica diferenciadora dispersa en todo el territorio, misma que sumada podría alcanzar una representación importante, como es el caso de los indígenas en México.
Naturalmente, se debe velar por el interés de estas comunidades dispersas. Y en ausencia del mandato imperativo, la responsabilidad recae en el Congreso y en cada uno de los representantes. Pero, ¿qué garantiza que al no compartir la misma visión del mundo que los indígenas, éstos tomen las mejores decisiones sobre sus problemas? Nada. Por ello algunos han planteado la idea de representantes indígenas, pero ello sólo tiene sentido si el distrito es mayoritariamente indígena; ya que de lo contrario difícilmente los ciudadanos de dicho distrito lo elegirían.
Esto sólo por hablar de la crisis en los órganos legislativos. Los problemas de representatividad de los partidos políticos, organismos cada vez más criticados y cuya naturaleza es cada vez más decadente, son muchísimo mayores- Como se ve, el problema de la representación no es tan fácil de resolver como algunos pretenden, los debates en esta materia pueden ser interminables y las respuestas mucho muy esquivas, pues si bien los organismos tradicionales de representación han perdido legitimidad y eficacia nada ha surgido aun que pueda desafiar su preeminencia y nada puede vislumbrarse claramente en el horizonte.

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